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Ilustración y Neoclasicismo

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ILUSTRACIÓN

Cena de los filósofos filosofos-Jean Huber-1772. Aparecen Voltaire, Diderit, D'Alembert y Condorcet

Cena de los filósofos filosofos-Jean Huber-1772. Aparecen Voltaire, Diderit, D’Alembert y Condorcet

La Ilustración (del latín illustrare, ‘iluminar, sacar a la luz’) es un movimiento cultural fundamentalmente europeo del siglo XVIII que se basa en la confianza en el poder de la razón, que hará posible el progreso. Tiene un afán crítico constante, pues pretende iluminar con la razón el oscurantismo de épocas precedentes. Por este motivo, el siglo XVIII también es conocido como Siglo de las luces. Fue el filósofo alemán Immanuel Kant quien proporcionó el lema de este movimiento en su ensayo “¿Qué es la ilustración?” (1784): sapere aude, ‘atrévete a saber’. El ser humano alcanza la mayoría de edad intelectual cuando tiene el valor de servirse de su propia razón. Como movimiento reformista, la Ilustración pretende impulsar el progreso y la felicidad. La aplicación de la razón permitirá una mejora constante de la sociedad. Para ello es necesario emprender reformas de diferentes instituciones sociales y culturales. Los ilustrados, en oposición a las doctrinas teocéntricas medievales o la actitud pesimista barroca, creen que el hombre puede y debe disfrutar de este mundo, sin esperar a ser compensado en el otro. El utopismo ilustrado por el que se persigue la felicidad está relacionado con tres conceptos: el igualitarismo (todos nacemos iguales y libres por naturaleza: Rousseau postulaba que era la sociedad la que corrompía la bondad natural del ser humano; Locke opinaba que el ser humano es una tabla rasa que aprende a partir de la experiencia), el utilitarismo (el énfasis en la utilidad de los sistemas se puede resumir en la célebre frase de Jeremy Bentham: “la mayor felicidad para el mayor número de personas”) y el didactismo (la importancia de la educación de/en la sociedad y el énfasis en la enseñanza que se extrae del estudio y del arte).

Portada de la Enciclopedia

Portada de la Enciclopedia

Este deseo de conocimiento ilustrado se plasmó en la proliferación de sociedades científicas, tertulias o museos y tuvo su máxima realización en la Enciclopedia, un ambicioso proyecto colectivo dirigido por Diderot y D’Alembert que pretendía reunir en una obra todo el saber de la época. En él participaron los más prestigiosos pensadores ilustrados (Rousseau, Voltaire, etc.). Además de aglutinar todo el conocimiento humano, la Enciclopedia está guiada por un afán antropocentrista (el ser humano es el protagonista y se apuesta por la búsqueda de la felicidad), antitradicionalista (las críticas a la religión son frecuentes), liberal (se defiende la tolerancia ideológica y religiosa y se apuesta por sistemas parlamentarios en lugar de las monarquías absolutistas) y cientifista (la difusión de los nuevos avances científicos y el respeto por el método empirista son constantes). En definitiva, el siglo XVIII fue un periodo clave para la cultura occidental, ya que muchos de los aspectos de la sociedad actual hunden sus raíces en las ideas ilustradas. La ilustración afectó a todos los ámbitos de la cultura: filosofía, política, religión, ciencia, arte y literatura.

Como se ha dicho, la ilustración se caracteriza por el deseo de conocer. Por ello, el desarrollo de la filosofía es notable. El pensamiento ilustrado procede  de las doctrinas racionalistas (Descartes, Leibniz, Spinoza) y empiristas (Bacon, Locke) desarrolladas en el siglo XVII. Dos de los filósofos más importantes de la Ilustración son el escocés David Hume (Investigación sobre el entendimiento humano, 1748) y, sobre todo, el alemán Immanuel Kant, cuya Crítica de la razón pura (1781), que reflexiona sobre la estructura de la razón y los límites del conocimiento, es un punto de inflexión en la historia de la filosofía y el inicio de la filosofía contemporánea. Kant también se ocupó de la ética (su célebre imperativo categórico, con claro espíritu ilustrado, consiste en obrar siguiendo un principio que se desee como válido para todos los hombres) y anticipó (junto a Berkeley) el Idealismo romántico al poner el énfasis en la subjetividad.

Antes de las revoluciones liberales de finales del siglo se desarrolla un sistema de gobierno característico de este periodo: el Despotismo Ilustrado. Algunos monarcas absolutistas del siglo XVIII (José II en Austria, Catalina II en Rusia, Carlos III en España), aunque no pretenden variar la rígida sociedad estamental, impulsan el desarrollo de la burguesía y se ven influidos por las ideas ilustradas. Con  una actitud paternalista permiten aplicar reformas que promuevan el progreso –al margen de la voluntad de los ciudadanos: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”–y alientan el arte. En  Norteamérica y Francia la transición del Antiguo Régimen a un sistema parlamentario burgués y liberal se realizó mediante revoluciones. En 1776 se produce la Declaración de Independencia de los Estados

Unidos de América, firmada por políticos y filósofos de espíritu ilustrado (Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, etc.), y en 1787 se proclama la Constitución. Estos documentos influirán decisivamente en el resto de constituciones de los nuevos estados democráticos. En la declaración de independencia, por ejemplo, se afirma que la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad son derechos inalienables del hombre. Dos años después (1789) estalla la Revolución francesa, cuyo sustento intelectual son las ideas de los ilustrados Montesquieu, Rousseau y Voltaire, entre otros, que termina con el Antiguo Régimen y proclama la conocida divisa “libertad, igualdad, fraternidad”. Precisamente Montesquieu – en su obra Del espíritu de las leyes (1748)­– establece el principio de la separación de poderes (legislativo, ejecutivo, judicial), uno de los pilares de las modernas democracias.

El espíritu ilustrado está guiado por la razón, por ello cuestiona la superstición y el fanatismo religioso. Se emprende el camino de la secularización de la sociedad (el paso de una sociedad que está bajo el dominio de la religión a una sociedad civil no teológica, cuya máxima expresión es una sociedad laica)  y se critica el oscurantismo religioso, pero no todas las críticas son radicales ni niegan la divinidad. Una actitud característica de los filósofos ilustrados es el deísmo, la creencia en la existencia de un Dios que ha creado todo pero que se somete a las leyes físicas –que el hombre descubre porque Dios le ha dado la razón– sin intervenir mediante apariciones o milagros. Es la postura de Voltaire, por ejemplo, uno de los ilustrados que más criticó el fundamentalismo religioso promoviendo la tolerancia (Tratado de la tolerancia, 1763). Otros pensadores fueron más radicales y adoptaron posturas claramente materialistas o cercanas al ateísmo, como La Méttrie (El hombre máquina, 1748), David Hume (Diálogos sobre la religión natural, 1779), el enciclopedista Diderot (la publicación en 1749 de Carta sobre ciegos le valió una acusación de ateísmo y la cárcel) y, especialmente, el Barón d’Holbach (El cristianismo al descubierto, 1760 y El sistema de la naturaleza, 1770).

Por otro lado, la ciencia rompe con las interpretaciones providencialistas del mundo al ofrecer explicaciones empíricas –demostrables por la experiencia– basadas en la razón. La principal revolución científica se produjo con los Principia Mathematica (1687) de Isaac Newton, que establece las leyes de la gravitación universal. A Newton –con el permiso de Leibniz– se le debe también el descubrimiento del cálculo integral y diferencial.  La lista de avances científicos es interminable: Benjamin  Franklin inventa el pararrayos; Galvani, las corrientes eléctricas que Volta obtuvo más tarde en sus pilas y baterías; Watt prepara el camino a la Revolución Industrial con su máquina de vapor; los Montgolfier se elevan por primera vez en un globo en 1783; Lavoisier  inaugura la Química moderna; Linneo racionaliza la clasificación de plantas y animales; la  perfección de los telescopios permite a Herschell descubrir Urano, los anillos de Saturno y la doctrina de las nebulosas y a Laplace emitir (1795) su teoría sobre la formación del sistema solar… En el campo de las ciencias sociales los avances son también notables: quizá uno de los libros más influyentes es La riqueza de las naciones  (1776) de Adam Smith, donde se sientan las bases del liberalismo económico. En el ámbito del derecho destacó la labor del italiano Cesare Beccaria, quien en su ensayo De los delitos y las penas (1764) denuncia la tortura y la pena de muerte y apuesta por la proporcionalidad de los castigos. Otro fruto de la ilustración es el aumento progresivo de la relevancia de las mujeres en la cultura y la vida pública. A menudo a la sombra de los hombres u obligadas a escribir bajo pseudónimos masculinos, en el siglo XVIII despuntaron algunas ilustradas, como Madame de Châtelet, matemática, física y filósofa, amiga y amante de Voltaire y difusora de las teorías de Newton. Es autora de un interesantísimo ensayo titulado Discurso sobre la felicidad (1779). Otras dos ilustres ilustradas fueron Olympe de Gouges (Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, 1791) y Mary Wollstonecraft (Vindicación de os derechos de la mujer,1792), dos pioneras del feminismo y de la lucha por los derechos de la mujer, labor que continuaron las sufragistas del siglo XIX y principios del XX.

NEOCLASICISMO

Aunque el Barroco pervive, exacerbado en el Rococó, en las primeras décadas del siglo XVIII y el Romanticismo se anticipa en las últimas, el estilo artístico característico de la Ilustración es el Neoclasicismo. El neo-clasicismo es un nuevo clasicismo, ya que propugna una vuelta a los ideales de equilibrio de la literatura clásica, sobre todo la grecolatina y la del Renacimiento (que ya era una vuelta al clasicismo). Parece ser que el término surgió para denominar de forma peyorativa a la estética ilustrada. El neoclasicismo como retorno a los modelos clásicos abarcó diferentes artes (pintura, escultura, arquitectura, literatura), pero sus orígenes están relacionados con la arqueología y el deseo por conocer las ruinas grecolatinas (las de Pompeya se descubrieron en 1748). Por otra parte, en la música no podemos hablar con propiedad de neoclasicismo, sino de plenitud del Clasicismo: es la época de Mozart y Haydn, entre otros grandes genios. La estética neoclásica está basada en el equilibrio, la racionalidad y la utilidad. Se valora más la perfección que la originalidad, ya que, en su afán por recuperar el estilo clásico cobra un papel fundamental el concepto de imitación. Imitar quiere decir observar la naturaleza y seguir sus dictados, pero también es observar a los buenos poetas que, con su ejemplo, han enriquecido el patrimonio cultural. Clásico es aquello que es digno de imitación, una creación que ha pasado la prueba del tiempo y que es permanentemente actual y, por tanto, universal. El arte neoclásico propugna un equilibrio entre el docere y el delectare, ‘enseñar y entretener’. La literatura y el arte tienen una finalidad didáctica porque buscan lo que es socialmente útil. Su objetivo es enseñar determinados valores morales y cívicos. El artista neoclásico cree que su época estaba llamada a realizar una reforma de los usos y comportamientos sociales y a formar a un nuevo tipo de ciudadano más solidario y feliz. Esta reforma estaba canalizada por medio de instrumentos legales, educativos y también artísticos y literarios. El arte, por tanto, tiene una utilidad social. Para conseguir el doble objetivo de enseñar y entretener son necesarias la claridad, la sencillez, la contención retórica –el arte neoclásico repudia la artificiosidad barroca– y el equilibrio entre el entendimiento y la sensibilidad, siempre bajo el control de la razón. La fantasía y el afán por la originalidad son dominadas por la razón y el didactismo, ya que se desconfía de los sentimientos desbordados. Otra característica del arte neoclásico es la sujeción a determinadas reglas que garanticen el “buen gusto” y el equilibrio que se ha comentado anteriormente. En este periodo se suceden las preceptivas literarias (en Francia la de Boileau y en España la de Luzán), siguiendo el ejemplo de los manuales clásicos, sobre todo la Poética de Aristóteles y el Arte Poética de Horacio. En teatro, por ejemplo, se sigue la regla de las tres unidades (de acción, de lugar y de tiempo) aristotélicas. Además, se busca el decoro o adecuación entre los caracteres y las situaciones. También se mantiene la separación de géneros: no se mezclan tragedia y comedia ni poesía y prosa. Finalmente, el humor y la parodia también tienen una utilidad: servir para criticar ideas o costumbres.

Conviene diferenciar Ilustración y Neoclasicismo. La Ilustración es un movimiento ideológico-cultural; el Neoclasicismo, en cambio, es una tendencia o estilo artístico. En el periodo de la Ilustración convivieron diferentes tendencias o estilos artísticos (Rococó, Neoclasicismo, Prerromanticismo). Incluso un mismo autor puede cultivar diferentes tendencias o evolucionar de una a otra. Aun así, sí podemos afirmar que el Neoclasicismo es el estilo artístico que mejor expresa el espíritu ilustrado.

El arte neoclásico pronto fue criticado y superado. Ya a finales del siglo XVIII, los prerrománticos sentían que el arte estaba demasiado encorsetado por reglas y constreñido por un exceso de racionalidad. El Romanticismo romperá con el arte neoclásico propugnando la libertad compositiva, la ruptura de todas las reglas y el vuelo libre de la imaginación, el arrebato creador basado en la inspiración y la fantasía más irracional.

LITERATURA

Narrativa y prosa ilustrada de ideas

En la Ilustración se cultivaron los tres géneros literarios (narrativa, poesía y teatro), pero cobra especial relieve la narrativa por encima de la poesía, ya que la prosa es la modalidad preferente y el didactismo impregna todas las composiciones. De hecho, la obra narrativa tiene características ensayísticas, pues sirve como expresión de ideas. A veces es difícil clasificar una obra ilustrada como literaria o como un ensayo filosófico, sociológico o antropológico. Lo que predomina es el afán didáctico y crítico, pues se pretende hacer reflexionar al lector (usar su razón, como proponía Kant), criticar las viejas costumbres y proponer reformas.

La prosa ilustrada de ideas se materializa especialmente en el género híbrido del ensayo literaturizado o la literatura ensayística. En este género destacan especialmente los franceses Voltaire y Rousseau. François Marie Arouet, cuyo seudónimo es Voltaire (1694-1778), cultivó todos los géneros (empezó a ser conocido al estrenar su tragedia Edipo, 1718), pero es conocido fundamentalmente por sus ensayos y cuentos filosóficos. Estudió derecho y estuvo en varias ocasiones en la cárcel de la Bastilla por sus ideas críticas. Su estancia en Londres marcó su pensamiento y obra, pues quedó deslumbrado por el carácter más abierto y tolerante de la sociedad inglesa y por las ideas de John Locke e Isaac Newton. Esta admiración se percibe en sus Cartas inglesas o Cartas filosóficas (1734). Su influencia en la literatura se debe especialmente a sus cuentos filosóficos, el más famoso de los cuales es Cándido o el optimismo (1759). En él se satiriza el optimismo del filósofo Leibniz (representado por el filósofo Pangloss, tutor del protagonista). A pesar de observar y experimentar una serie de infortunios, Pangloss afirma repetidamente que “todo sucede para bien” y que vive en “el mejor de los mundos posibles”. Voltaire ataca, con ironía y sarcasmo, la intolerancia, el fanatismo, los abusos de la colonización europea en América, los engaños y artificios sociales y las matanzas de las guerras.

Las obras filosóficas de Rousseau se cuentan entre las mejores manifestaciones del espíritu ilustrado. Quizá la idea que más se recuerda de este filósofo es el tópico del “buen salvaje”: el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe. Esta idea se desarrolla en el famoso tratado político El contrato social (1762) y en su reflexión sobre la pedagogía Emilio o De la educación (1763).

En Inglaterra sobresale la figura de Samuel Johnson (1709-1784), poeta, ensayista y crítico literario, autor de, entre otras, A Dictionnary of the English language (1747-1755) y de Lives of the english poets (1781) y fuente inagotable de citas eruditas para el mundo anglosajón (“La vida es un viaje de carencia en carencia, no de gozo en gozo”, “Es mejor vivir rico que morir siéndolo”, “Si estás solo, no estés desocupado; si estás desocupado, no estés solo”…). A su fama contribuyó la célebre biografía Life of Johnson (1791) que de él hizo su amigo James Boswell.

En España, las mejores manifestaciones del pensamiento ilustrado las encontramos en las Cartas marruecas (1774) de José Cadalso, una excelente imitación de las Cartas Persas de Montesquieu; el Teatro crítico universal (1726-1740) de Fray Benito Feijoo, una revisión crítica de las creencias populares y supersticiones que impiden el progreso de la sociedad; y los variados ensayos de Gaspar Melchor de Jovellanos.

Novelas

La novela del siglo XVIII, configurada a partir de la narrativa picaresca y heredera del Quijote de Cervantes,  sienta las bases del espectacular auge de este género en el siglo XIX. La novela fue muy cultivada en Inglaterra, ya que era el medio de expresión que mejor supo transmitir a un nuevo público lector (especialmente el femenino) los nuevos valores de la época ilustrada (entretener y enseñar). Además, el desarrollo de la burguesía (sobre todo comerciantes enriquecidos) favoreció la independencia de los escritores del mecenazgo de la aristocracia. El éxito de la novela de Cervantes fue muy destacado en Inglaterra: además de las traducciones, se escribieron novelas de corte picaresco y de clara influencia cervantina. A este respecto merece destacarse la obra del inglés Henry Fielding, que escribió su Joseph Andrews (1742) “a imitación de la manera de Cervantes” y que es recordado por su novela picaresca Tom Jones (1749). La obra de inspiración cervantina más importante es Tristram Shandy de Laurence Sterne. Esta novela divertida y originalísima es célebre por su audacia formal, ya que carece de un argumento lineal (la obra está llena de digresiones) y experimenta con la tipografía (huecos en blanco o negro, guiones, palabras inacabadas o mal escritas…). La huella cervantina se percibe en el uso de la parodia, el humor y los recursos metaliterarios. La influencia de la obra maestra de Cervantes no sólo se aprecia en la novela inglesa: el ilustrado francés Diderot escribió Jacques el fatalista (1796), una obra quijotesca por su estructura dialogada y, sobre todo, por la pareja protagonista: Jacques y su amo sin nombre están claramente inspirados en Sancho y Don Quijote. En España algunos escritores menores intentaron sin mucho éxito continuar El Quijote. Tan sólo merece destacarse la novela satírica del Padre Isla Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758-1768), cuyo héroe es un ridículo predicador que enloquece con los sermones de los oradores barrocos. En Francia también tuvieron éxito las obras inspiradas en las novelas picarescas españolas, como el anónimo Lazarillo de Tormes o Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Esta última fue traducida al francés por Alain René Le Sage, famoso por su propia obra picaresca Gil Blas de Santillana (1715-1735).

Además de las novelas de corte picaresco o que siguen la estela de El Quijote, se pusieron de moda en el siglo XVIII las novelas sentimentales, normalmente bajo estructura epistolar. La más famosa fue Pamela o la virtud recompensada (1740) del inglés Samuel Richardson. Este comerciante e impresor utilizó su experiencia como redactor de cartas para clientes analfabetos en la escritura de esta novela que explora los estados de ánimo de la protagonista y que supone la aparición de la mujer como personaje novelesco complejo, desarrollado magistralmente en algunas de las mejores novelas del siglo siguiente (Madame Bovary de Flaubert, Ana Karenina de Tolstói, La Regenta de Clarín, etc.). Richardson aprovechó el tremendo éxito de Pamela y repitió esquema con Clarissa (1748), obra más dramática y anunciadora del pre-romanticismo. Estas novelas sentimentales fueron pronto parodiadas por el citado Henry Fielding en su Shamela (1741). Aun así, la estructura epistolar fue muy empleada en esta época: Rousseau escribió Julia o la Nueva Eloísa en 1761, anticipando el romanticismo con una trama amorosa inspirada en los amantes medievales Abelardo y Eloísa, pero plenamente ilustrada en la exposición de sus ideas. Una de las mejores novelas epistolares del siglo XVIII es sin duda Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos, una obra que se puede inscribir en la corriente libertina: la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont son dos cínicos hedonistas que juegan e incluso apuestan para llevar a cabo sus conquistas amorosas. Los libertinos más conocidos fueron el italiano Giacomo Casanova, autor de unas célebres Memorias y, sobre todo, el Marqués de Sade, controvertido personaje que fue perseguido y encarcelado por su vida licenciosa y por unas obras (la más conocida es Justine o los infortunios de la virtud, 1791) que reivindican una sexualidad que vincula el placer con el dolor y que apuestan por la libertad absoluta en las prácticas sexuales. Otra novela francesa exitosa –inspiradora de una ópera de Puccini de 1893– y polémica –fue prohibida y censurada por inmoral– es Manon Lescaut (1731) del Abate Prévost. Se trata de una novela sentimental con un tono realista y carnal, que rezuma morbosidad y que retrata a personajes al margen de sistemas morales seducidos por el placer y el lujo.

Los dos novelistas en lengua inglesa más famosos son Daniel Defoe y Jonathan Swift. Las obras más conocidas de Daniel Defoe, comerciante, periodista, espía y político nacido en 1660 y muerto en 1731, son Moll Flanders (1722) y, especialmente, Robinson Crusoe (1719). El argumento de esta última es de sobra conocido: un muchacho se independiza de su familia, sufre un naufragio y subsiste veintiocho años en una isla desierta gracias a su ingenio y resistencia hasta que finalmente es rescatado por unos piratas. Se trata de una extraordinaria novela de aventuras que muestra confianza en el ser humano, aunque ha sido leída en ocasiones como una oda al individualismo burgués. Defoe, como Cervantes, pretendía hacer una obra realista, aunque pueda ser leída como una alegoría. Como es sabido, Robinson Crusoe pasa parte de su estancia en la isla con otro hombre, Viernes, un indígena al que salva de una muerte horrible a manos de la tribu de caníbales a la que pertenece, de los que Crusoe ha de huir y defenderse en numerosas ocasiones. Con la pareja Robinson y Viernes, unos nuevos Don Quijote y Sancho, Defoe plantea un modelo de convivencia entre seres humanos de culturas diferentes, aunque la supremacía de la “civilización” occidental frente a la “barbarie” no se cuestiona: Crusoe, el hombre blanco civilizado, reeduca al bárbaro caníbal Viernes. Aun así, en la obra se cuestionan algunos aspectos del colonialismo, en una época en la que Inglaterra estaba sustituyendo a España como potencia colonial mundial. En definitiva, Robinson Crusoe es el prototipo del hombre moderno, el homo faber que puede transformar el mundo y vencer todas las dificultades –incluso vuelve enriquecido a su patria– aplicando su capacidad de trabajo e inteligencia.

Moll Flanders es una novela picaresca narrada en primera persona por su protagonista, una mujer de baja extracción social que ha de batallar en la vida para encontrar la prosperidad, aunque sea a costa de emplear medios poco lícitos (engaño, robo o prostitución). Moll Flanders es la versión femenina de Robinson Crusoe: su supervivencia justifica sus poco lícitos actos en una sociedad mercantilista en la que hay que aprender a prosperar aplicando el esfuerzo y la inteligencia.

El optimismo y fe en el ser humano de la obra de Defoe contrasta con el pesimismo radical que muestra el irlandés Jonathan Swift (1667-1745) en su obra más conocida, Los viajes de Gulliver (1726). Esta aparente parodia de los relatos de viajes fantásticos, y que no es una simple novela para niños,  es en realidad una sátira de la sociedad de su tiempo y una denuncia de la estupidez humana. La obra, dividida en cuatro partes, narra los viajes del médico Lemuel Gulliver a Lilliput, cuyos habitantes son minúsculos y para los que él es un gigante (es la parte más conocida); a Brobdingnag, el reverso de Lilliput, pues ahora el país está habitado por gigantes y Gulliver vive situaciones de auténtica pesadilla; a Laputa y otros estados en manos de filósofos, inventores y científicos, a cada cual más necio; finalmente llega al país de los houyhnhnms, los sabios y nobles caballos a los que hace de contrapunto la degenerada bestialidad de los yahoos, es decir, los humanos.

Poesía y teatro

La poesía y el teatro neoclásicos no son tan innovadores como la narrativa, ya que la preferencia por el buen gusto, la carga didáctico-moralizante y la sujeción a una reglas que limitaban la inspiración y la originalidad fueron un lastre para el desarrollo creativo de estos géneros.  Ya comentamos que la era de la razón no era muy dada a sentimentalismos ni a pasiones desbordadas, como sí lo será la poesía y el teatro románticos. Ya a finales del siglo XVIII se observa un cambio de tendencia o un rechazo directo a la estética de la ilustración, especialmente en Alemania, donde el movimiento Sturm und Drang (Herder, Schiller y, especialmente, Goethe), supuso un revulsivo para la poco arraigada estética neoclásica de este país. La evolución hacia el Romanticismo en las postrimerías del siglo XVIII también se observa en el ámbito musical, como bien ejemplifica la etapa plenamente romántica del compositor alemán Beethoven.

En Inglaterra Alexander Pope es el mejor ejemplo de poeta ilustrado, pero a finales de siglo deslumbra con luz propia el heterodoxo y polifacético William Blake, que prefigura el Romanticismo, el Simbolismo e incluso el Surrealismo en sus poemas, pinturas y grabados. En España probablemente el mejor poeta neoclásico es Juan Meléndez Valdés, autor de sensuales odas anacreónticas. Los ilustrados Jovellanos y Cadalso también fueron estimables poetas. Quizás la manifestación más característica de la poesía ilustrada es la fábula, inspirada en los clásicos Esopo y Fedro, un género que aunaba sencillez y carácter moralizante, dos de las características fundamentales del Neoclasicismo. El principal fabulista dieciochesco es el francés La Fontaine, el modelo en el que se inspiraron los españoles Félix María de Samaniego y Tomás de Iriarte.

El panorama teatral aún es menos dado a la genialidad (sobre todo si lo comparamos con el siglo de Lope de Vega, Shakespeare o Molière), ya que la sujeción a la regla de las tres unidades y el carácter moralizante que impregnaba las obras constreñían la creatividad. Aunque casi todos los ilustrados (Voltaire, Jovellanos, Cadalso, etc.) compusieron dramas neoclásicos, probablemente la aportación más valiosa de la dramaturgia dieciochesca viene de diferentes géneros populares (sainetes, zarzuelas, farsas…) y de algunos comediógrafos. Uno de ellos fue el italiano Carlo Goldoni, que reactualiza el teatro de la commedia dell’Arte con obras como La posadera (1751). Otro fue el francés Pierre de Marivaux, autor de comedias de enredo (Las falsas confidencias, 1737), que anticipan las comedias pre-románticas de Beaumarchais (El Barbero de Sevilla, 1775 y su continuación Las bodas de Fígaro, 1785), inspiradoras de las óperas de Rossini y Mozart. De hecho, la ópera es una de las grandes creaciones artísticas del siglo XVIII. La opera seria y la opera buffa que triunfan en Italia se extienden por toda Europa. El italiano Pietro Metastasio es el autor de libretos para óperas de Vivaldi, Haendel, Gluck o Mozart. Lorenzo da Ponte fue el libretista de tres de las más famosas óperas de Mozart: Le nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1787, basado en el drama de Antonio de Zamora que reactualiza el mito de Don Juan a partir de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina) y Cosi fan tutte (1790). En España el teatro neo-barroco se siguió cultivando durante buena parte del siglo XVIII y sólo hacia finales de esta centuria o comienzos de la siguiente podemos encontrar manifestaciones estimables de comedias neoclásicas, como las de Leandro Fernández de Moratín: en La comedia nueva o El café (1792) critica a los autores que adolecen de formación literaria y un conocimiento de las normas y en El sí de las niñas (1806), su obra maestra, los matrimonios concertados y la educación que reciben las muchachas.

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