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El Quijote como novela moderna

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Picasso, Don Quichotte.jpg

Picasso: Don Quijote

El Quijote se ha convertido en una de las obras literarias más famosas y difundidas en todo el mundo. Su calidad e importancia han sido reconocidas por millones de lectores de todos los países y épocas. Sus personajes han pasado a formar parte de la cultura de nuestro tiempo. La originalidad y novedad de esta obra fueron captadas desde su publicación a comienzos del siglo XVII (1605 y 1615). La bibliografía en torno a la obra cervantina es interminable. Algunos estudiosos (Michel Foucault y Stephen Gilman, por ejemplo) coinciden en asignarle la paternidad de la novela moderna. Sin llegar tan lejos, la mayoría acepta sin reparos que, si bien la novela moderna no se desarrolla plenamente hasta el siglo XIX (con el llamado Realismo decimonónico: Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, etc.), El Quijote es el punto de partida de la novela moderna, el texto clave que apunta cuáles serán las líneas narrativas desarrolladas más tarde. Veamos cuáles son algunas características definitorias de la novela moderna y de qué manera están presentes ya en El Quijote.

 1. UNIDAD DE LA OBRA. OBRA CERRADA. Una de las mayores aspiraciones de la novela moderna es la ambición de unidad, la búsqueda de una forma narrativa o composición cerrada. Una obra unitaria o cerrada es aquella que está conformada como un sistema o estructura completa, autónoma y autosuficiente, en la que cada elemento cobra sentido dentro del sistema, en relación con los demás elementos. El sistema tiene unas leyes propias, que rigen la relación entre los elementos y funciones que forman parte de ese todo que llamamos novela. Este fue el modelo ideal de la novela decimonónica, una de cuyas manifestaciones más perfectas es Madame Bovary de Gustave Flaubert (una obra que debe mucho a El Quijote).

En la novela de Cervantes esta característica se cumple de manera desigual. La primera parte todavía le debe mucho a la estructura narrativa aditiva o abierta de los libros de caballerías (propia de las novelas de aventuras). En efecto, esta parte se organiza en torno a una sucesión de episodios o aventuras que viven los protagonistas, y que se podría ampliar indefinidamente o variar su orden sin alterar el conjunto. La segunda parte, en cambio, tiene una estructura algo más cerrada, por varios motivos: 1) la presencia de un desenlace final que cierra el asunto principal que desencadena la trama (pérdida del juicio-recuperación de la cordura y muerte); 2) el menor número de aventuras, que cumplen una función más clara en la evolución de los personajes; 3) la disminución y mayor implicación en la trama principal de las historias intercaladas; 4) la preponderancia del diálogo y de la evolución de los personajes; 5) las referencias metaficcionales a la primera Parte, etc. Por todo ello concluimos que la Segunda Parte de El Quijote representa en este aspecto un paso importante en el desarrollo de la novela moderna.

 2. REALISMO Y FUSIÓN DE GÉNEROS. Anteriormente dijimos que la novela moderna se conforma definitivamente con el Realismo decimonónico. La ficción realista constituye, pues, una característica de la novela moderna. Conviene, no obstante, realizar algunas precisiones terminológicas. En primer lugar conviene distinguir entre Historia y Ficción. La literatura, incluso la más realista o incluso la basada en acontecimientos o personajes históricos, es ficción, es invención, es el fruto de la función imaginativa de un creador. Un novelista no es un historiador. Partiendo de la base de que los novelistas son creadores de mundos ficcionales, podemos establecer una clasificación según la leyes internas del relato en su relación con la representación de la realidad.

a)      Mundo ficcional maravilloso. Las leyes que lo rigen pertenecen tanto al mundo natural como al sobrenatural. Suceden actos extraordinarios, prodigiosos, imposibles o inverosímiles. No obstante, lo maravilloso se acepta como obvio e incluso como necesario. Este mundo ficcional se corresponde con los cuentos de hadas o con las propias novelas de caballerías.

b)      Mundo ficcional realista. Se rige exclusivamente por las leyes del mundo natural. Los hechos narrados son posibles y verosímiles. Éste es el código ficcional inaugurado por El Quijote y configurado definitivamente con la novela del XVIII y, especialmente, con la novela decimonónica realista.

c)       Mundo ficcional fantástico. Aunque está regido únicamente por las leyes del mundo natural, se producen en su seno acontecimientos extraordinarios o misteriosos. Esos hechos, que aparentemente contradicen la lógica del mundo, siempre reciben una explicación racional. Este código tiene su mejor manifestación en la novela fantástica o de terror del siglo XIX y principios del XX.

d)      Mundo ficcional híbrido (real-maravilloso o real-fantástico). Se admiten a la vez las leyes del mundo natural y las del sobrenatural, que se funden y confunden continuamente. Este código híbrido es el característico de las novelas posmodernas del llamada Realismo Mágico.

Además de inaugurar el mundo ficcional realista, El Quijote es una novela intertextual porque incluye referencias a otros géneros o incluso porque los fusiona. Lo más característico de la obra de Cervantes, como sabemos, es la parodia a los libros de caballerías (mundo ficcional maravilloso). No obstante, éste no es el único género que se parodia: El Quijote hace referencia a casi todos los géneros narrativos conocidos (la novela sentimental, la pastoril, la morisca…). Lo importante es que sobre el universo ficcional realista se superponen las ficciones maravillosas como la caballeresca, la sentimental o la pastoril. El universo ficcional realista es el punto de referencia, el marco, la base sobre la que se integra el resto de mundos ficcionales maravillosos. Precisamente en el contraste entre el mundo ficcional maravilloso de los libros de caballerías que guía al protagonista y el mundo ficcional realista del narrador (y del resto de personajes) reside el efecto realista y paródico.

 3. INDIVIDUO PROBLEMÁTICO EN BUSCA DE SÍ MISMO. El crítico marxista Lúkacs define la novela, por oposición a la epopeya, como la historia de un héroe problemático en un mundo problemático. El protagonista de las novelas es un “héroe” que busca su lugar en el mundo, se busca a sí mismo. Esta búsqueda exterior-interior explica las transformaciones internas y la evolución de los personajes. Según Lúkacs, Don Quijote es el paradigma de un tipo de inadecuación con el mundo que él llama modalidad del idealismo abstracto: el alma del héroe, dominada por un ideal excesivamente obsesivo (el caballeresco), se enfrenta al mundo. Aunque Don Quijote se presentase a los lectores del siglo XVII como un anti-héroe, Cervantes consigue construir una obra de ficción en la que este personaje, en principio nada heroico, es el protagonista absoluto. Se produce un contraste entre el referente estructural de las novelas de caballerías (ejemplo paradigmático de mundo ficcional maravilloso, como se explicó anteriormente) y el marco realista protagonizado por un anti-héroe. Cervantes parodia las novelas de caballería, pero para hacerlo utiliza la estructura y los tipos básicos de ésta: la sucesión de aventuras y un caballero andante. La obra cervantina, además, no es un mero ejercicio humorístico o superficial (como se ha achacado, por ejemplo, al autor de la segunda parte apócrifa del Quijote, el llamado Quijote de Avellaneda), sino que, y ahí reside la modernidad de la obra de Cervantes, utilizando libremente las características propias del género de partida, acaba superándolo. El resultado es una novela compleja, totalizadora, que fusiona diferentes géneros. Cervantes anticipó algunas claves de la novela moderna al erigir como protagonista a un ser de carne y hueso, a alguien sencillo. Don Quijote es en realidad Alonso Quijano, un hidalgo empobrecido, cincuentón, enjuto y que no destaca por su destreza o fuerza física. Está muy lejos de los jóvenes y fuertes caballeros como Amadís o Tirant. Aun así, Don Quijote sí posee, además de una gran imaginación, valentía y un profundo sentido de la justicia.

Por otra parte, se ha discutido mucho sobre la locura de Don Quijote: es un loco-cuerdo o un cuerdo-loco. Pero, ante todo, y es aquí donde podemos enlazar con la característica apuntada por Lúkacs, es un individuo inconformista, que trata de modificar el vulgar mundo que le rodea con fantasía y valores como la justicia. Don Quijote quiere hacer de su vida una obra de arte o, mejor, una novela de caballerías. Pero Cervantes no quiere construir un mundo maravilloso, sino que pretende narrar una historia ficticia en un marco real, cercano y reconocible (la Castilla de principios del siglo XVII). En ese marco introduce un personaje que parece loco, o más bien excéntrico, a la vista de los demás. Pero, al final, la locura de Don Quijote es puro deseo de vivir plenamente, mejorando el mundo que rodea al personaje. La locura de Don Quijote acaba contagiando a los demás –se ha hablado mucho de la quijotización de Sancho–. Don Quijote, el viejo que confunde realidad con ficción, acaba siendo el personaje más auténtico. Como apunta Lúkacs, Don Quijote es el héroe problemático en un mundo problemático: el (anti)héroe –viejo, con armas oxidadas y antiguas, con un caballo enclenque…– que sale en busca de sí mismo en mundo que no es el que le gustaría –la España en crisis de comienzos del siglo XVII–. La fantasía (otra forma de denominar su locura) de Don Quijote es el motor que le empuja en sus aventuras, en su peregrinaje incesante. Mientras tenga la gasolina suficiente, funcionará el motor que le empuja en  la búsqueda incansable de aventuras (y en la búsqueda subyacente de autenticidad, de un lugar en el mundo); mientras predomine la fantasía podrá hacer frente con esta poderosa arma a un entorno prosaico, gris y aburridamente real; mientras siga estando “loco”, la vivificadora locura irá abriendo camino en la limitada cordura; mientras esté en movimiento tendrá ganas de enfrentarse al mundo, de vivir. Cuando se queda sin “gasolina”, cuando se agota su fantasía, cuando recupera la cordura, cuando se detiene y vuelve –derrotado– definitivamente a su hogar, Don Quijote muere. Ha vencido la realidad, la cordura, la “normalidad”. Pero el viaje –la aventura– de Don Quijote no ha sido en vano. Su locura y su fantasía han contagiado ganas de vivir, ganas por hacer un mundo mejor, por salirse de “lo normal”. Don Quijote acaba vencido por ese mundo vulgar, pero en su camino ha transformado la vida y los ideales de los que le han conocido, y los de los propios lectores.

 4. DIALOGISMO, MULTIPRESPECTIVISMO, POLIFONÍA Y CRÍTICA AL PRINCIPIO DE AUTORIDAD DEL NARRADOR. Podemos definir el dialogismo o multiperspectivismo como la convivencia en una novela de diferentes discursos o perspectivas sobre el mundo (fruto de diferentes ideologías y sistemas de valores) sin que se resuelva el conflicto con una síntesis por una entidad superior, el narrador. Es el lector el que debe analizar críticamente cada discurso. La novela moderna, como explica el crítico ruso Mijaíl Bajtín, es un diálogo, una obra polifónica, una obra en la que conviven diferentes voces, no una sola. Este crítico rastrea el origen de la novela polifónica (moderna) en las Sátiras menipeas helenísticas y romanas (El asno de oro de Apuleyo, Satiricón de Petronio, los relatos de Luciano de Samósata); en el Renacimiento se produce el esplendor de la novela polifónica con Rabelais, el Lazarillo y, definitivamente, el Quijote (continuado en el siglo XVIII con los herederos de Cervantes, Fielding y Sterne); el realismo decimonónico supone la adopción sistemática del modelo polifónico, alcanzándose la cima de este modelo, según Bajtín, con las novelas de Dostoievski. En El Quijote no sólo dialogan o entran en conflicto diferentes visiones del mundo (pensemos en la oposición, por lo menos al principio, del idealismo de Don Quijote y el pragmatismo de Sancho) sino que se multiplican las perspectivas, los narradores. En efecto, con la intención inicial de parodiar las novelas de caballerías, Cervantes se inventa un complejo esquema autorial que relativiza el papel omnisciente del narrador tradicional. Todo el entramado de autores, editores, cronistas, sabios y traductores sirve para demostrar que su historia, la historia de su Don Quijote, no era menos que la de cualquier otro caballero literario: también sus aventuras merecían no uno, sino diferentes “sabios” interesados en transmitirla. Es conocido el  capítulo en que Cervantes interrumpe la lucha de Don Quijote con el vizcaíno (literalmente los deja con las espadas en alto apunto de embestirse mutuamente). El narrador se disculpa –y se delata definitivamente– diciendo que no dispone del final de esta aventura en las fuentes que ha consultado (el “primer autor de esta historia”). En el capítulo siguiente nos encontramos a este segundo autor, a este recopilador, cronista o editor, trasunto del propio Cervantes en su obra, deambulando por el mercado de Toledo. Allí se encuentra con unos papeles tirados por el suelo escritos en árabe. Se detiene porque ha reconocido la mención a algunos de los personajes de la historia de Don Quijote. Compra los cartapacios, contrata a un traductor aljamiado que sepa árabe y descubre que se trata de un manuscrito de un sabio árabe llamado Cide Hamete Benengelí que cuenta una versión alternativa (y complementaria) a la crónica del “primer autor” de las aventuras de Don Quijote. De hecho, es gracias a esta versión del sabio árabe como el editor o “segundo autor” puede suplir las carencias en la fuente primaria que utilizaba (la del “primer autor”) y finalizar así la aventura del vizcaíno.

Como se puede apreciar, la complejidad que confiere Cervantes al esquema autorial es un rasgo de modernidad en la novela, ya que proporciona mayor verosimilitud a la historia: el pluriperspectivismo proporciona una visión más completa y variada de los hechos. Además, la omnisciencia del narrador único (característico de la novela tradicional) se cuestiona y relativiza. Ahora no sólo hay un narrador, una verdad, una versión, sino múltiples. Las diferentes perspectivas, además, son complementarias (o contradictorias, como la apócrifa de Avellaneda), pero todas enriquecen la historia. Finalmente, conviene tener en cuenta que el complejo esquema autorial descrito se relaciona, como veremos en el punto 6, con otro de los rasgos modernos de El Quijote: la metaficción.

 5. PERSONAJES REDONDOS. EVOLUCIÓN. MUNDO INTERIOR. Otra de las características modernas de El Quijote es la complejidad de los personajes. En la novela tradicional los personajes son planos, muchas veces meros arquetipos. Aparecen construidos de una pieza por el creador al comienzo de la novela. Las aventuras cambian la vida del protagonista, pero no lo cambian por dentro. En la novela moderna los personajes son redondos, es decir, complejos y cambiantes; los personajes no aparecen hechos desde el principio, sino que se van haciendo durante la novela; los acontecimientos modifican su personalidad. A medida que avanza la acción se van enriqueciendo, modificando, matizando, evolucionando. En El Quijote podemos observar la presencia de personajes redondos y complejos, pero todavía no se alcanza el nivel de complejidad y de introspección de las novelas del siglo XIX (especialmente las del denominado realismo psicológico) y, sobre todo, las del siglo XX.

Analicemos los personajes y su evolución en la novela. Podríamos simplificar diciendo que el idealismo es la característica definitoria de Don Quijote y el pragmatismo la de Sancho. No obstante, se ha destacado con frecuencia que uno de los rasgos que demuestran la complejidad y evolución de los personajes es el contagio mutuo de caracteres. El contacto y las vivencias comunes de los protagonistas propician el contagio de idiosincrasias: se produce un intercambio de visiones del mundo. Por una lado, Sancho acaba enloqueciendo de idealismo quijotesco (quijotización de Sancho) y, por otro, Don Quijote va recuperando la cordura debido a las continuas lecciones de pragmatismo de Sancho (y de la realidad): decimos, por eso, que se va sanchificando.

Ya hemos comentado anteriormente –en el punto 3– la evolución y la locura de Don Quijote. El otro personaje redondo, moderno, es Sancho. Su evolución es muy evidente: al principio nos parece un humilde y simplón campesino, pero al final comprendemos que es mucho más que eso. A lo largo de la obra, y después de las constantes conversaciones con su amo y las múltiples aventuras, el personaje demuestra poseer una sabiduría más que popular y unos valores respetables, como demuestra, por ejemplo, en su gobierno de la Ínsula Barataria. Sancho ha aprendido mucho: su salida del limitado mundo de la aldea enriquece sus perspectivas. Aprende mucho de su amo, pero también aprende de las vivencias –en ocasiones, penurias– y de los personajes que va conociendo. Si Sancho no hubiera salido en compañía de Don Quijote no hubiera conocido tanto mundo y a tantas personas. El personaje de Sancho se va haciendo a lo largo de la novela: se enriquece y se vuelve más sabio. Pero también se ve modificada su personalidad y visión del mundo en contacto, sobre todo, con su amo: como hemos dicho antes, Sancho se va quijotizando. En efecto, cuando don Quijote vuelve (o es obligado a hacerlo) a la aldea, recupera la cordura; Sancho, en cambio, ansía continuar con las aventuras: habla incluso de emprender una bucólica vida pastoril. Parece, por tanto, que el loco ahora es Sancho y el cuerdo (se dice que se ha sanchificado) es Don Quijote. Como ya hemos explicado, lo que sucede es que la fantasía, las ganas de vivir (de enfrentarse al mundo, de convertirlo en una obra de arte) de Don Quijote se han agotado; y, en cambio, Sancho ha llenado su motor vital con la gasolina-fantasía y las ganas de vivir que irradiaba su amo. Se han intercambiado los papeles o, mejor, se ha producido el contagio, el relevo, el aprendizaje.

 6. METATEXTUALIDAD-METAFICCIÓN. Una de las aportaciones más interesantes de Cervantes a la configuración de la novela moderna es la presencia de la metaficción en la obra, esto es: se habla de la literatura desde la literatura, se reflexiona desde la obra ficcional sobre el proceso de composición y difusión de la misma. Y no sólo eso: los personajes de la segunda parte de El Quijote han leído las aventuras narradas en la primera parte. Además, el propio Cervantes varía su plan novelesco después de conocer la existencia de una segunda parte apócrifa de la obra. En efecto, como es sabido, la primera parte del Quijote se publicó en 1605 y la segunda en 1615. Entretanto, en 1614, un tal Avellaneda, aprovechando el éxito de la primera parte y partiendo de la propia advertencia de Cervantes sobre la continuación de la obra, se le adelanta y publica una Segunda Parte de El Quijote. Cervantes, dolido por la traición a su intención y estilo, no tarda en publicar la suya y desacreditar la de Avellaneda desde dentro mismo de la novela.

Por otra parte, la metatextualidad o metaficción está relacionada, como vimos en el punto 4, con el complejo entramado autorial.

Éstas no son las únicas características definitorias de la novela moderna que se pueden rastrear en El Quijote. Los críticos también hablan, por ejemplo, del presente imperfecto, una voluntaria imprecisión en la contemporaneidad, o una dilación del presente, un presente que interesa en cuanto a su durabilidad (de ahí lo de imperfecto, en el sentido aspectual de la acción), en relación a las vivencias de los personajes. El tiempo externo, el de la acción, se confunde con el interno, el de los personajes. O, más bien, el tiempo de los personajes es el tiempo de la acción, la  perspectiva temporal con la que medir los hechos: la realidad queda relativizada por la percepción emotiva de los personajes, que dilatan o abrevian los hechos de acuerdo con la relevancia que tengan para su vida y su estado de ánimo.

Otra característica moderna es la denominada épica de lo cotidiano o saturación del mundo, es decir, la focalización en el “relleno”, las acciones o contexto cotidianos, que se suelen obviar en las narraciones épicas. El Quijote está muy lejos todavía del Ulises de Joyce (que dilata hasta el extremo menos de 24 horas en la vida del protagonista) pero sí dignifica y convierte en objeto novelable lo anti-épico, empezando por los protagonistas, rodeados de una cohorte de personajes secundarios extraidos del mundo cotidiano de la época. Por otra parte, especialmente en la segunda parte, parece que la relevancia se traslada de las aventuras propiamente dichas hacia el intervalo entre las mismas, esas confraternizadoras conversaciones entre Don Quijote y Sancho sobre los asuntos más variados, desde los más serios hasta los más banales. Como se he dicho, quizá lo importante acaba siendo el relleno, los personajes, no tanto las aventuras.

Para terminar, se debe tener en cuenta que las características señaladas hasta el momento se aprecian fundamentalmente en la Segunda Parte. Se dice, por tanto, que la que se publicó en 1615 es la parte más “moderna” de El Quijote. No obstante, el sentido del humor, presente en toda la obra, es otra de las características inherentes de El Quijote y necesarias en la novela moderna. Como hemos visto, Cervantes pretende, ante todo, hacer una parodia, una obra fundamentalmente cómica, y así la entendieron sus contemporáneos. Aun así, una obra que se ríe de sí misma es una obra más compleja y verosímil que una simple obra cómica: es más moderna. El humor está muy presente en El Quijote. Nunca llega a ser un humor chabacano o demasiado mordaz: es un humor blanco, bienintencionado, ingenioso. Es un humor que desmitifica y distiende: nos hace más cercanos los personajes. Al principio puede que empecemos riéndonos de Don Quijote, pero poco a poco aprendemos a reírnos con él, contagiados por sus ganas de vivir con locura.

 BIBLIOGRAFÍA

AUERBACH, Erich, «La Dulcinea encantada», en Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental, México: Fondo de Cultura Económica, 1945, pp. 314-339.

PAZ GAGO, José Mª, “El Quijote: de la novela moderna a la novela posmoderna (nueva incursión en la Cueva de Montesinos). AIH. Actas XII (1995). pp. 108-120

MARTÍN MORÁN, José Manuel, “La novela moderna en el Quijote“, en Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America, 27.1 (spring 2007 [2008]), pp. 201.226

GARCÍA-BEDOYA M., Carlos, “Cervantes y la novela moderna. Reflexiones desde la Narratología y la teoría de la novela”, en LEIRAS, año LXXVI, 109-110, 2005, pp. 27-36

CUESTA ABAD, José M., “El Quijote, novela moderna (algunas cuestiones de poética histórica)”, en [http://e-spacio.uned.es:8080/fedora/get/bibliuned:Epos-8C0B0590-ED43-4AB8-F75B-45182AABAFDE/PDF]

VVAA, Literatura Universal. 2º Bachillerato., Zaragoza, Edelvives, 2009

lenguayliteratura.net: Cervantes y el Quijote [http://www.lenguayliteratura.net/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=30]

Versión El-Quijote-novela-moderna pdf

 NOTAS Y MATERIAL COMPLEMENTARIO

Excepto la primera (de Picasso), el resto de ilustraciones son de Gustav Doré. En los siguientes enlaces se pueden ver todas las ilustraciones que el artista francés realizó para ilustrar la Primera parte y la Segunda parte del Quijote.

Redescubrir a Cervantes

Documental “Cervantes y la leyenda de don Quijote” del Canal Historia:


6 comentarios

  1. Marta dice:

    “Se puede pensar que el Quijote es un libro de sabor amargo cuando se enjuicia como obra total, después de releído y meditado. Pero si se abre al azar, difícilmente no se encontrará con un pasaje que haga reír.”

    Fue mi tema favorito, una preciosidad.
    Muchas felicidades por el blog, es como seguir yendo a clase.

    • Gracias por tu comentario, Marta. La cita es una interesante paradoja, y con las paradojas ya se sabe: encierran verdades. Me alegro de que fuera tu tema favorito, pero lamento no haberlo desarrollado en ese momento como merecía. Con esta entrada he intentado saldar parte de la deuda pendiente.Bienvenida al castillo.

  2. […] el mundo conoce el argumento de El Quijote, muchos podrían dibujar a sus protagonistas como si los hubieran visto alguna vez y hasta hay […]

  3. Sabrina dice:

    Qué gran artículo has hecho. Muchas gracias por su aporte, completísimo y claro.

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