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Estilo, puntuación y sintaxis

Conversaciones en el Castillo

Archivo del Castillo

plumaEl uso correcto de los signos de puntuación favorece la coherencia y la cohesión de los textos. Además, es una herramienta poderosa que enriquece literariamente los textos y/o favorece la lógica transmisión de las ideas. Por otra parte, están relacionados con el estilo de cada autor, pues, aunque hay unas normas básicas para su uso, muchas veces el empleo de determinado signo (coma, punto, punto y coma, etc.) depende de la decisión del autor: es una cuestión de estilo. Desgraciadamente, no se presta suficiente atención en las clases de lengua y literatura (y menos aún en otras materias), en las que prima la ortografía de letras y tildes. Conviene, pues, aprender las normas básicas de puntuación, fijarse en el uso que hacen escritores consagrados y practicar con textos de diversa índole. Finalmente, es preciso poner en relación la puntuación con la coherencia (lógica de las ideas), la cohesión (articulación morfosintáctica y léxico-semántica de las ideas) y la sintaxis.

En la siguiente práctica hemos seleccionado ocho fragmentos de escritores que presentan estilos, sintaxis y puntuaciones muy diversas. El objetivo es estudiarlos, observar sus particularidadses, extraer conclusiones sobre los signos de puntuación y la sintaxis y finalmente componer textos intentando emular el estilo de algunos de estos escritores. Antes de comenzar es conveniente repasar las normas de los signos de puntuación. Al final de la entrada se encuentra el archivo pdf con los textos y las actividades. Enlazamos también un completo estudio de los signos de puntuación realizado por la profesora Milagros Aleza de la Universitat de València.

TEXTO 1: JOHN FANTE: Espera a la primavera, Bandini, Anagrama

Avanzaba dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Por la mañana había tapado los agujeros por dentro con el cartón de una caja de macarrones. Los macarrones no los había pagado. Se había acordado mientras metía en los zapatos los trozos de cartón.

Detestaba la nieve. Era albañil y la nieve congelaba la argamasa que ponía entre los ladrillos. Se dirigía a casa, pero no sabía por qué. Cuando era pequeño y vivía en Italia, en los Abruzos, tampoco le gustaba la nieve. No había sol, no había trabajo.

TEXTO 2: ANTONIO MUÑOZ MOLINA: El jinete polaco, Planeta

Sin que se dieran cuenta se les hizo de noche en la habitación de donde no habían salido en muchas horas, donde habían estado abrazándose y conversando en una voz cada vez más baja, como si la penumbra y luego la oscuridad que no notaban hubieran ido apaciguando el tono de sus voces pero no la avidez mutua de palabras, igual que se había apaciguado el modo al principio perentorio en que satisfacían y simultáneamente alimentaban su deseo, cuando regresaban caminando bajo la nieve y el frío de la taberna irlandesa donde habían almorzado, el pie descalzo de ella buscándolo con desvergüenza y sigilo bajo el amparo insuficiente del mantel, la casi persecución en el ascensor, ante la puerta, en el pasillo, en el cuarto de baño, la ropa arrancada con una delicada furia de impaciencia y las bocas mordiéndose mientras su doble respiración crecía en el calor de la habitación a media tarde, en la luz listada de las persianas que dejaban entrever al otro lado de la calle una hilera de árboles con las ramas peladas cuyo nombre ella no supo decirle y […]

TEXTO 3: CARLOS FUENTES: La muerte de Artemio Cruz, Bruguera

Yo despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan (…) Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio. Soy este ojo. Soy este ojo. Soy este ojo surcado por las raíces de una cólera acumulada, vieja, olvidada, siempre actual. Soy este ojo abultado y verde entre los párpados. Párpados. Párpados. Párpados aceitosos. Soy esta nariz. Esta nariz. Esta nariz. Quebrada. De anchas venas. Soy estos pómulos. Pómulos. Donde nace la barba cana. Nace. Mueca. Mueca. Mueca. Soy esta mueca que nada tiene que ver con la vejez o el dolor. Mueca. Con los colmillos ennegrecidos por el tabaco. Tabaco. Tabaco. El vahovahovaho de mi respiración opaca los cristales y una mueca retira la bolsa de la mesa de noche.

TEXTO 4: LUIS MARTÍN SANTOS: Tiempo de silencio, Seix Barral

Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: “Amador”. Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: “claro, cancerosa” (…) Está hablando por teléfono. “¡Amador!”. Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve.

TEXTO 5: JUAN GOYTISOLO: Señas de identidad, Bibliotex-El Mundo

Instalado en París cómodamente instalado en París con más años de permanencia en Francia que en España con más costumbres francesas que españolas incluso en el ya clásico amancebamiento con la hija de una notoria personalidad del exilio residente habitual en la Ville Lumière y visitante episódico de su patria a fin de dar testimonio parisiense de la vida española susceptible de épater le bourgeois, conocedor experto de la amplia geografía europea tradicionalmente hostil a nuestros valores sin que falte en el programa de sus viajes la consabida imposición de manos del santón barbudo de la ex paradisíaca isla antillana transformada hoy por obra y gracia de los rojos semirrojos e idiotas inútiles en callado y lúgubre campo de concentración flotante evadido de las realidades del momento en un fácil confortable y provechoso inconformismo exhibiéndose con prudentes remilgos y calculada táctica en todos los cenáculos del mundo beocio y superferolítico para granjearnos la venia y el perdón de los Zoilos de allende el Pirineo mientras […]

TEXTO 6: HENRY MILLER: Trópico de cáncer, Bruguera

No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era la literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.

Entonces, ¿éste? Este no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza… a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonaré un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…

Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así pues, esto es una canción. Estoy cantando

TEXTO 7: MARCEL PROUST: En busca del tiempo perdido I. Por el camino de Swan, Bibliotex-El Mundo

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me habría recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria, no sobrevive nada y todo se va disgregando!; las formas externa –también aquélla tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos–, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que les empujaba hasta la conciencia.

TEXTO 8: JULIO LLAMAZARES, La lluvia amarilla, Seix Barral

Durante unos segundos, me quedé paralizado. Durante unos segundos, inmóvil en medio del pasillo, inmóvil como un árbol, sentí cómo la muerte atravesaba las paredes de la casa y arañaba las puertas y arrancaba jirones del viento y de mi alma. Fueron sólo unos segundos, apenas un instante. El tiempo suficiente, sin embargo, para que, cuando, al fin, logré sobreponerme a la sorpresa y comencé a retroceder por el pasillo sin atreverme a abrir la puerta, ni tan siquiera a volverme y dar la espalda, aquella respiración febril y entrecortada se hubiera hundido ya como una hoja de hierro en mi memoria removiendo el recuerdo de aquella larga asfixia, de aquel jadeo ahogado e interminable que consumió el cuerpo de Sara lentamente, atormentadamente, antes de detenerse, de pronto, una mañana, al cabo de diez meses, justo el día en que cumplía cuatro años.

 Descargar texto y dossier con actividades: Estilo, puntuación y sintaxis


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