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Historias de amor (I): Apolo y Dafne

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Vamos a empezar un miniciclo titulado “Historias de amor”. Podríamos añadir de la literatura clásica. En los diferentes capítulos presentaremos, en primer lugar, a la pareja y contaremos su historia, normalmente desgraciada o trágica. En segundo lugar aportaremos la fuente principal del mito. Finalmente rastrearemos la influencia de la trágica historia de amor en la literatura y el arte posteriores. El primer capítulo está dedicado a Apolo y Dafne.

Apolo (Febo) se burló de Eros (Cupido) y éste, para demostrar que es un buen arquero y darle una lección, dispara dos flechas: una, de punta dorada, se clava en Apolo, que se enamora perdidamente de la ninfa Dafne, hija del Dios-río Peneo de Tesalia; otra, de punta de plomo y de efecto contrario, esto es, que ahuyenta el amor, se clava en Dafne. Apolo persigue sin cesar a Dafne y ella, al verse asediada, pide a su padre que la metamorfosee para escapar de Apolo. El dios-río accede y poco a poco Dafne empieza a transformarse en un árbol: sus pies se convierten en raíces y sus brazos y manos en ramas. Desde entonces el árbol del laurel (Dafne significa laurel en griego) está consagrado a Apolo.

La siguiente presentación que el profesor Javier Hernández García inserta en su recomendable blog El Canto de Orfeo os ayudará a entender mejor el mito a partir de las numerosas obras pictóricas y escultóricas que ha inspirado:

APOLO Y DAFNE from EL CANTO DE ORFEO

La versión más conocida del mito proviene, como tantas otras, de Las metamorfosis de Ovidio, concretamente de los versos 452-566 del Libro I. Copiamos a continuación el fragmento, en la traducción de Ana Pérez Vega para la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no
el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, 455
y: «¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?»,
había dicho; «ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,
que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,
que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,
hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón. 460
Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate
con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras».
El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo,
a ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden
todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra». 465
Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,
diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,
y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda. 470
El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas 475
fieras gozando, y émula de la innupta Febe.
Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura. 480
A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes».
A menudo su padre le dijo: «Me debes, niña, unos nietos».
Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,
su bello rostro teñía de un verecundo rubor
y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos: 485
«Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una perpetua
virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana».
Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne, 490
y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante
o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,
así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo 495
él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor.
Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos
y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes,
a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos 500
y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:
lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura
ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene:
«¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;
¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león, 505
así del águila con ala temblorosa huyen las palomas,
de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas
tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.
Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego 510
corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo.
A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,
no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños,
hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes
de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra, 515
y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido,
y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.
Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo. 520
Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe
se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos:
ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable,
y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos».
Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia 525
huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más 530
perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.
Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla 535
espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:
así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor, 540
más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida
por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
«Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis, 545
por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura».
Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,
el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende, 550
su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.
A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,
besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño. 555
Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
el árbol serás, ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz
el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas. 560
En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores».
Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea 565
asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.

La literatura española del Renacimiento y el Barroco actualizó numerosos mitos grecolatinos. El mito de Apolo y Dafne fue versionado por Garcilaso del a Vega en diferentes ocasiones. Quizá la mejor es el Soneto XIII:

GARCILASO: SONETO XIII [Mito de Apolo y Dafne]

A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!

Volvió el poeta toledano a reelaborar el mito en su Égloga III:

GARCILASO: ÉGLOGA III [Mito de Apolo y Dafne]

(…)Dinámene no menos artificio
mostraba en la labor que había tejido,
pintando a Apolo en el robusto oficio
de la silvestre caza embebecido.
Mudar luego le hace el ejercicio
la vengativa mano de Cupido.
que hizo a Apolo consumirse en lloro
después que le enclavó con punta de oro.

Dafne con el cabello suelto al viento,
sin perdonar al blanco pie corria
por áspero camino, tan sin tiento
que Apolo en la pintura parecía que,
porque ella templase el movimiento,
con menos ligereza la seguía.
El va siguiendo, y ella huye como
quien siente al pecho el odïoso plomo.

Mas a la fin los brazos le crecían,
y en sendos ramos vueltos se mostraban.
Y los cabellos. que vencer solían
al oro fino, en hojas se tornaban;
en torcidas raíces se extendían
los blancos pies, y en tierra se hincaban;
llora el amante, y busca el ser primero,
besando y abrazando aquel madero.(…)

Podéis comparar estas delicadas versiones con la ironía conceptista del autor barroco Francisco de Quevedo:

QUEVEDO: Apolo siguiendo a Dafne

Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla:
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres sol, sírvete de ella.

QUEVEDO: A Dafne, huyendo de Apolo

 “Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.

Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas.”

Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.

Este autor realizó otra versión sobre este mito.

En la web materialesdelengua.org tenéis algunas actividades sobre poemas españoles basados en el mito de Apolo y Dafne. Si queréis saber más sobre la reelaboración de este mito en la literatura española podéis leer el artículo de Mª Dolores Castro Jiménez “Presencia de un mito ovidiano: Apolo y Dafne en la literatura española de la Edad Media y el Renacimiento

Para saber la autoría, el título e informaciones complementarias sobre las obras pictóricas que complementan esta entrada os remito a la web Arte y Mitología.

Algunos de los más grandes compositores se han inspirado en este mito para crear sus obras. Así, el compositor barroco G. F. Haendel en su Cantata Apollo e Dafne (1709-1710):

Y Richard Strauss en su ópera Daphne (1937):

Como curiosidad os dejo con un cortometraje de dibujos animados de 1990 producido por los estudios Soyuzmultfilm y dirigido por Anatóliy Petrov (1937 – 2010):


1 comentario

  1. […] unos días iniciábamos la sección Historias de amor con el mito de Apolo y Dafne. El resto de episodios del ciclo lo podéis seguir en el blog En una selva oscura. Las parejas de […]

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